Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus
«Permanece la rosa prístina en su nombre, nos quedan los desnudos nombres».
Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus
«Permanece la rosa prístina en su nombre, nos quedan los desnudos nombres».
No es raro que los especialistas en determinada materia, los que se dedican asidua o profesionalmente a una actividad, gusten de emplear las palabras relativas a ellas a su modo, de manera diferente a como las emplea el común de los mortales. Hay que distinguirse de alguna manera... No me refiero a la terminología que es propia —y necesaria— de cada disciplina, sino a aquella apropiación o, diría yo, redefinición de palabras —y cosas— que entre la generalidad de la gente se conceptualizan de determinada manera y que el experto prefiere hacerlo de otra. Un ejemplo muy claro se encuentra en el gremio de los cocineros, verdaderos gurús de nuestra ociosa sociedad actual.
Vamos a hablar de la palabra tomate. Oigo con mucha frecuencia en los últimos tiempos decir que el tomate es una fruta. Pues bien, vaya esta afirmación por delante: el tomate no es una fruta. Yo nunca lo he llamado fruta, ni he oído a nadie llamarlo así, a pesar de que en los medios de comunicación expertos gastrónomos y sus secuaces lo repiten con frecuencia. En realidad, lo que nos interesa aquí es dilucidar si a los tomates se les llama fruta o no se les llama fruta. Esta cuestión, claro, está relacionada con el hecho de que lo sean o no, pero no es exactamente lo mismo.
Repasaremos el uso de tres términos que entran en juego en esta argumentación: tomate, fruta y fruto. También citaremos otros que están relacionados, pero les dedicaremos menos atención porque no nos hacen tanta falta para lo que pretendemos demostrar.
El tomate es el fruto de la planta de huerta llamada tomatera. Según los botánicos, el fruto es el órgano de las plantas que nace a partir del ovario y que contiene las semillas, y que, una vez alcanzada su madurez, se separa de la planta para generar una nueva. Son frutos cosas tan heterogéneas como las aceitunas, los aguacates, las bellotas, las manzanas, las judías (las vainas con sus semillas), los plátanos, las calabazas, las majuelas, etc., etc. Algunos son comestibles y otros no. A algunos se les llama fruta y a otros no. A otros muchos frutos no se les llama de ninguna manera.
¿Qué conclusión podemos obtener de este hecho?
Que una misma entidad natural (un fruto) tiene una variada consideración desde el punto de vista de la estructura léxica, que se guía por la subjetividad del sujeto hablante, por el interés que suscita en él; concretamente, en este caso, por el hecho de ser comestible y por la forma en que se come.
Por supuesto que un tomate comparte muchas propiedades biológicas con una manzana, ambos son frutos de sus correspondientes plantas. Diría más, cabe incluso afirmar que posee más rasgos naturales en común con una manzana que con un pimiento o con una lechuga. Pero a un tomate no se le llama fruta porque posee propiedades sutiles, subjetivas y prototípicas que ordenan a nuestro sentido lingüístico espontáneo desechar esa denominación: no ser excesivamente dulce, no comerse normalmente de postre, utilizarse muy frecuentemente en guisos, cultivarse en huertas junto con otras hortalizas; y muy posiblemente unos cuantos más.
No es necesario ni ser botánico ni ser lexicógrafo para saber qué es un tomate y cómo se llama. Confiemos en nuestro sentido lingüístico sin dejarnos llevar por la «creatividad» improvisada y poco justificada de algunos chefs.
Sé que el título de este artículo puede resultar enigmático; pero no, no voy a hablar hoy de una conocida canción de nuestra rutilante estrella Rosalía. Tampoco de uno de los grupos del colectivo LGTBI, tan de rabiosa actualidad en los medios y en la controversia política. Se trata del uso de estas dos variantes del prefijo de origen latino trans-, presente en un buen número de palabras castellanas, y que con frecuencia plantea dudas a los hablantes o estudiantes de español. Por cierto, voy aprovechar la ocasión para llamar la atención sobre dos expresiones que acabo de utilizar: rutilante estrella y rabiosa actualidad. Se trata de dos ejemplos de lo que los lingüistas llamamos solidaridades léxicas. Son asociaciones frecuentes de palabras, habitualmente de adjetivos y sustantivos como en este caso. Muchas de ellas se llegan a convertir en clichés, por lo que, siguiendo al maestro Lázaro Carreter, conviene evitar en lo posible. Buen consejo. Yo las he utilizado porque me venían al pelo para dar esta explicación.
Pero vamos a lo nuestro. Trans- y tras- son dos variantes de un mismo prefijo latino, trans-, que aporta el sentido general de «pasar al otro lado», a veces con la idea de «a través» (transparente), de «detrás» (trasponer), de «al otro lado» (transbordar) e, incluso, «cambiar» (trastocar). Esa ene ante ese en final de sílaba resulta verdaderamente incómoda para los hábitos de pronunciación de los hispanohablantes (base articulatoria, dicen los fonetistas), por eso, casi se pierde en la lengua hablada, de suyo más descuidada y tendente a la relajación que la escrita. Y muchas veces esta pérdida ha pasado a la escritura. Esta circunstancia hace que surjan dudas a la hora de escribir las palabras que se forman con este prefijo. Buena parte de ellas puede escribirse de las dos maneras, aunque lo habitual es que sea más frecuente de una de las dos formas, otras solo se usan con una de las dos variantes.
No es posible dar reglas generales que nos ayuden a tomar la decisión en la mayor parte de los casos. Sin embargo, voy a dar dos:
‒Se escriben solo con tras- la palabras que incluyen la idea de «lugar situado en la parte de atrás»: trastienda, trasaltar.
‒Se escribe siempre trans- cuando este prefijo antecede a palabras que empiezan por s: transiberiano, transexual.
No es mucho, lo reconozco. A partir de aquí, pueden aportarse razones históricas o de otra índole —que no se cumplen a rajatabla— por las cuales se da la preferencia de una forma sobre la otra. A efectos prácticos, creo que será mejor ofrecer una lista extensa de los términos afectados, que puede consultarse en caso de duda. La ordenaremos mediante la siguiente clasificación, basada en datos de uso actual:
1. Palabras que solo se escriben con trans-.
2. Palabras que se escriben preferentemente con trans-.
3. Palabras que solo se escriben con tras-.
4. Palabras que se escriben preferentemente con tras-.
5. Palabras que se escriben indistintamente con trans- o con tras-.
Solo se escriben con trans-:
Transacción, transaccional, transaminasa, transcurrir, transcurso, transdérmico, transepto, transeúnte, transexual, transexualidad, transfornterizo, transgén, trangénico, transiberiano, transición, transicional, transido, transigencia, transigente, transigir, transilvano, transistor, transistorizar, transitable, transitar, transitivo, tránsito, transitoriedad, transitorio, tranliteración, transliterar, transpacífico, transu(b)stanciación, transu(b)stanciar, transuraniaco, transuránico.
Se escriben preferentemente con trans-:
Transalpino, transandino, transatlántico, transbordador, transbordo, transcaucásico, transcribir, transcripción, transcriptor, transcurrir, transcurso, transferencia, transferible, transferir, transfiguración, transfigurar, transfixión, transformar, transformación, transformador, transformismo, transformista, tránsfuga, transfugismo, transfundir, transfusión, transgredir, transgresión, transgresor, transmediterráneo, transmisible, transmisión, transmisor, transmitir, transmutación, transmutar, transnacional, transoceánico, transparencia, transparentar, transparente, transpirable, transpiración, transpirar, transpirenaico, transportable, transportador, transportar, transportista, transporte, transverberación, transversal, transverso.
Solo se escriben con tras-:
Trasaltar, trascordarse, trascoro, trasegar, trasladable, trasladar, traslado, trasmundo, trashumancia, trashumante, trashumar, trasiego, trasluz, trasmallo, trasmano, trasnochado, trasnochador, trasnochar, traspapelar, traspasar, traspaso, traspié(s), trasquilar, trasquilón, trastabill(e)ar, trastienda, trastocar, trastornar, trastorno, trastrocar, trasudar, trasudado.
Se escriben preferentemente con tras-:
Trascendencia, trascendental, trascendentalismo, trascendente, trascender, trasfondo, traslación, traslaticio, trasplantable, trasplantación, trasplantador, trasplantar, trasplante, trasponer, traposición, traspuesto, trasvasar, trasvase.
Se escriben indistintamente con trans- o con tras-:
Tra(n)slúcido, tra(n)slucir, tra(n)smontano, tra(n)sportín.
Aunque es una relación amplia, no es exhaustiva, y no es necesario que lo sea. Se han excluido palabras muy poco usuales, y no aparecen todos los derivados o compuestos dentro de cada familia de palabras, pues se entiende que los que no están siguen la misma pauta que los que sí se han incluido.
Naturalmente, para resolver dudas puntuales sobre la ortografía de estas palabras (y muchas otras cosas), pueden consultarse los diccionarios de español, que para eso están. Los mejores son el Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española (consultable gratuitamente on line en la dirección https://dle.rae.es), el Diccionario de uso del español, de María Moliner, y el Diccionario del español actual, de Manuel Seco (también gratuito on line en https://www.fbbva.es/diccionario/). (El orden que he elegido para citarlos no implica en absoluto orden de calidad). Esto me recuerda que debo dedicar más de un artículo a presentar los diccionarios que me gustan, su manejo más creativo, sus variadas informaciones. Animo vivamente a explorar nuevas y estimulantes posibilidades de consulta de los buenos diccionarios para aprovechar al máximo la insospechada riqueza que atesoran. Espero ponerme pronto a la tarea.
—Estamos recibiendo un montón de felicitaciones por las intervenciones. Estad atentas a las redes sociales, próximamente colgarán noticias referentes a vuestras intervenciones. Enhorabuena, campeonas.
—Vaya, se ve que gustaron más las escritoras. Los escritores trataremos de esmerarnos más la próxima vez.
—Imagina cómo se pueden sentir las mujeres cuando durante siglos se las ha incluido en el masculino.
Influir / influenciar
Estos dos verbos comparten un significado básico: «hacerse notar la presencia de alguien o algo en una persona o cosa». El primero de ellos puede usarse como transitivo, especialmente en forma pasiva:El nuevo asesor la ha influido mucho a la hora de tomar la decisión.
Su estilo literario fue influido claramente por las corrientes vanguardistas del principios de siglo.
Sin embargo, se usa preferentemente como intransitivo con un complemento introducido por las preposiciones en o sobre:
La invención de la imprenta influyó decisivamente en la difusión del ideal renacentista en toda Europa.
Son muy diversos los factores que influyen sobre la manera de ser de una persona.
Influenciar funciona siempre como transitivo, preferentemente también en pasiva:
Sin duda la estrategia de China va a influenciar la política estadounidense en las próximas décadas.
María siempre ha estado muy influenciada por su hermana mayor.
Además de las diferencias de construcción que acabamos de mencionar, se dan en estos verbos ciertos matices diferenciadores en el uso. Influir es de empleo más general, mientras que influenciar expresa en especial una influencia o ascendiente en la actitud de las personas o en cosas en que la actitud de las personas es decisiva; con frecuencia, además, se aplica a una influencia que de algún modo resulta negativa. Difícilmente —aunque todo es posible— se diría La lluvia influencia el desarrollo de las plantas, pero sí más naturalmente Su modo de trabajar se ha visto influenciado por la opinión de sus maestros.
Me gustaría añadir algo más. Influir es un verbo de profundo arraigo en español, que se documenta al menos desde el siglo XV, mientras que influenciar se tomó del francés en el siglo XIX. Este hecho, el que tenga una larga tradición en nuestro idioma, suele querer decir algo. Creo que los hablantes más conscientes y esmerados y —por qué no decirlo— más elegantes al usar su lengua prefieren influir en cualquier caso, mientras que influenciar es más propio de lenguaje periodístico, proclive a la novedad no siempre justificada.
Por cierto, influir e influido se escriben sin tilde (lo veo muchas veces escritos con ella), aunque la u y la i se pronuncian en hiato: [influ-ir, influ-ido].
infringir / infligir
Aunque ambos verbos se parecen formalmente —lo que hace que se confundan con más frecuencia de la deseable—, su significado es muy distinto:
Infringir es «no cumplir o ir en contra determinada norma»:
Fue multado por infringir varios artículos del código de circulación.
Infligir significa «aplicar o causar un castigo o penalidad»:
Una asociación de abogados denunció las torturas infligidas a los detenidos durante el interrogatorio.
Evítense, por supuesto, formas inexistentes como infrigir y, en especial, inflingir, que se oye con frecuencia.
ingerir / injerir
Solo se diferencian en una letra, que además se pronuncia igual, pero estos dos verbos se refieren a cosas que se parecen poco:
Ingerir es «introducir algo en el aparato digestivo a través de la boca»:
Ingirió una dosis elevada de somníferos pero los servicios sanitarios le atendieron a tiempo.
Injerir se usa es usa especialmente en forma pronominal (injerirse) y equivale a «entrometerse» o «inmiscuirse». Se construye con un complemento introducido por la preposción en:
Fue severamente advertido por injerirse en la política interna de otros países.
Atención también a su conjugación, ambos son irregulares y se conjugan como hervir: ingerir / injerir; ingiero / injiero; ingirió / injirió; etc.
Ya hablé sobre el leísmo, el laísmo y el loísmo en un par de artículos anteriores. El asunto es árido y con aristas en varias direcciones. Tuvo poco seguimiento (lo que podía ser previsible), pero creo necesario insistir un poco más porque es objeto de duda frecuente entre los hablantes. Y el que esté libre de pecado que tire la primera piedra; no seré yo... Lo trataré hoy desde otra perspectiva: a partir de los verbos de uso frecuente en que se plantea el problema. Hoy me voy a ocupar de los verbos preguntar, contestar y llamar, que tienen en común —junto con otros muchos — que se construyen con complementos referidos a personas, algunos de ellos en combinación con complementos referidos a cosas. Estos últimos a veces no se expresan, y de ahí surge la mayor parte de las complicaciones. En preguntar y contestar se dan con frecuencia casos de laísmo, y en el verbo llamar es habitual el leísmo referido a personas de sexo femenino.
Preguntar, cuando significa «hacer preguntas o pedir información a alguien sobre algo», se construye de dos maneras:
1) Aquello sobre lo que se plantea la duda o lo que se pegunta se expresa mediante un complemento directo, y la persona a quien va dirigida la pregunta, mediante un complemento indirecto:
Le preguntó a su amiga su opinión.
Le es un pronombre en función de complemento indirecto que anticipa a a su amiga, y por lo tanto debe usarse esta forma del pronombre, no la.
2) La duda planteada o aquello por lo que se pregunta se expresan mediante un complemento precedido de por o sobre:
Le preguntó a tu hermana por la salud de su padre.
Le es el complemento indirecto, como en la construcción anterior.
En ocasiones, el objeto de la pregunta o la duda no se expresan, pero el complemento de persona sigue siendo indirecto y, por lo tanto, el pronombre que debe usarse para el femenino (como para el masculino) es le(s), y no la(s):
La directora ha cambiado los horarios de atención al público. Pregúntale para confirmarlo (no pregúntala).
Contestar significa «dar respuesta a lo que alguien dice o pregunta». La respuesta se expresa con un complemento directo, y la persona a quien se responde, mediante un complemento indirecto:
Ante la insistencia de la periodista, el presidente le contestó que no habría subida de impuestos este año.
Le es el pronombre en función de complemento indirecto que representa a la periodista.
A veces el complemento directo no se expresa, pero el complemento de persona sigue siendo indirecto. Le corresponde, como en el ejemplo anterior, la forma le(s) del pronombre, tanto para el masculino como para el femenino:
La periodista preguntó sobre el nuevo impuesto sobre el patrimonio, pero el presidente no le contestó.
Cuando el complemento de cosa expresa, no la respuesta, sino la pregunta o aquello a lo que se responde, este es complemento directo o un complemento introducido por la preposición a. Si estos complementos no se expresan, el complemento de persona sigue siendo indirecto:
Había muchas dudas entre las enfermeras, pero el director intento aclararlas contestándoles (a) todas sus preguntas.
La enfermeras preguntaron al director, y este les contestó muy amablemente.
En ambos casos el complemento referido a enfermeras es complemento indirecto, y por tanto debe ser les, no las.
Llamar significa en primer lugar «atraer la atención de alguien diciendo su nombre o de cualquier otro modo». Es un verbo transitivo que, por tanto, se construye con un complemento directo de persona:
Ahí esta tu madre. Llámala desde la ventana.
La forma del pronombre que funciona como complemento directo debe ser la, y no le.
En el sentido de «establecer comunicación telefónica con alguien» el uso más generalizado y recomendable es el transitivo:
Luisa estuvo aquí hace un rato. Llámala por teléfono en cuanto puedas.
Como en el caso anterior, la forma preferible del pronombre es la(s) cuando se refiere a personas de sexo femenino.
Llamar es igualmente transitivo con el significado de «aplicar a alguien determinado nombre o calificativo»:
A la niña la llamaron Juana en recuerdo de su abuela.
Tomando como ejemplo los verbos preguntar y contestar, por un lado, y llamar, por otro, podemos observar dos fenómenos contrapuestos. Laísmo en el primer caso, especialmente cuando el complemento de cosa no se expresa, y se tiende a interpretar que el complemento de persona es el complemento directo. Leísmo en el caso de llamar cuando el complemento directo se refiere a personas de sexo femenino, hecho debido probablemente a la tendencia general, muy común en la actualidad, a no caer en el laísmo, sentido como vulgar o poco prestigioso entre muchos hablantes.
Como ha sido siempre, la mujer ha de quedarse en casa cuidando de la prole y de su marido, cumpliendo las tareas que su naturaleza le dicta.
Pero yo solo he visto genteque sufre y calla, dolor y miedo;gente que solo deseasu pan, su hembra y la fiesta en paz.
Abogada, arquitecta, asistenta, (la) asistente, bombera, comadrona, (la) concejal(a), cuidadora, física, filóloga, (la) futbolista, (la) juez(a), limpiadora, médica, minera, notaria, ingeniera, matemática, música, piscóloga, portera (de una finca o de fútbol), presidenta, (la) ujier.
Los estudiantes que hayan aprobado en junio podrán realizar la reserva de matrícula la semana que viene.
Los estudiantes y las estudiantes que hayan aprobado en junio podrán realizar la reserva de matrícula la semana que viene.
En el colegio están planteándose organizar una clase extraescolar de costura dirigida a niños y a niñas.
Todos los estudiantes aprobados en junio podrán realizar la reserva de matrícula la semana que viene.
Todos y todas los estudiantes y las estudiantes aprobados y aprobadas en junio podrán realizar la reserva de matrícula la semana que viene.
Esta expresión latina saltó a la fama a principios de los años noventa del siglo pasado tras el estreno en España de una exitosísima película que inaugura la querencia del cine por los asesinos en serie: El silencio de los corderos. El refinado psiquiatra antropófago Hannibal Lecter (Anthony Hopkings), en una entrevista inolvidable, propone a la brillante, pero aún inexperta estudiante de la Academia del FBI, Clarice Starling (Jodie Foster), un acuerdo por el cual él contestará a las preguntas de la agente en ciernes sobre el asesino que está buscando, si ella a su vez accede a contestar a las suyas, que en realidad solo pretenden conocer aspectos íntimos de la joven. En este contexto, Lecter emplea dos veces la expresión quid pro quo, y Clarice la repite poco después. Aquí va la secuencia (aprovechad también para disfrutar de la voz de Camilo García, que dobla a Hopkings).
Como acaba de verse (mejor dicho, oírse), se ha usado la locución con un sentido de reciprocidad: una cosa por otra, un toma y daca. Hay otra expresión latina que tiene exactamente este mismo sentido: do ut des, literalmente "doy para que des".
No obstante, en el uso culto tradicional ha predominado el sentido de "error que se comete al sustituir a una persona o cosa por otra". Incluso hay un motivo teatral que se llama así, quid pro quo, que se basa precisamente en esa confusión. Y esta es la razón por la cual se ha cuestionado este nuevo uso, y que no sé por qué se ha convertido en motivo recurrente de discusión, lingüística por supuesto. Lo cual me parece estupendo. De los muchos ejemplos que podrían traerse del uso clásico, he seleccionado esta cita de Juan Valera en su Correspondencia (1847-1857):
Querido amigo mío: ya se rompió el encantamiento y ya nos dieron las Grandes Cruces para el Marqués y para el general Serrano. Para usted no la han dado aún porque hubo un quid pro quo y se la concedieron al Sr. Díaz Canseco. Esto se enmendará y el Sr. Díaz Canseco se contentará con una encomienda.
Veamos las cosas un poco más de cerca:
Parece que esta locución tiene su origen entre los antiguos boticarios. Se llamaba quid pro quo a la sustancia que se empleaba en sustitución de otra en las preparaciones farmacéuticas. En este caso sin ninguna connotación de error o confusión. Este sentido de mera "sustitución" referido a la farmacopea ya aparece en el Diccionario de autoridades (1731) y lo veo ampliamente documentado en textos de los siglos XVI al XVIII. Es posible que el empleo de un sucedáneo en una fórmula magistral motivara alguna suspicacia, lo cual puede ser el precedente del matiz peyorativo que se consolidó con posterioridad. Así lo recoge el maestro Correas en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627):
Ezétera de eskrivano, i quid pro quo de botikario [...]
Kiere dezir ke es dañoso [...]
O sea, que los "etcéteras" de los documentos notariales o similares, y los quid pro quo de los boticarios son cosas poco recomendables.
Demos un paso más:
La locución quid pro quo está formada por el pronombre indefinido quid, que significa "algo", en caso nominativo, la preposición pro, que en latín tiene diversos sentidos, entre ellos, "en lugar de", "en vez de", y también "a cambio de"; y quo, el mismo pronombre en caso ablativo. Aunque no niego rotundamente esta posibilidad, no veo la necesidad de interpretar, como quieren algunos, que lo que se está diciendo es que se confunde la forma de nominativo con la de ablativo. Quid pro quo podría traducirse literalmente por "algo por (en vez de o a cambio de) algo"; dicho más castizamente, "una cosa por otra", que curiosamente también en español expresa con palmaria ambigüedad las mismas dos ideas: confusión e intercambio.
El sentido de reciprocidad aparece ya ampliamente documentado en la prensa desde los últimos años del siglo XX hasta ahora. El latinista Víctor-José Herrero reconoce sin más explicaciones este sentido en su excelente Diccionario de expresiones y frases latinas, y matiza que se usa con frecuencia en las relaciones internacionales en el ámbito del comercio exterior. Y la Real Academia Española lo incluye con toda claridad en sus obras normativas (Diccionario de la lengua española, Diccionario panhispánico de dudas).
Tenemos entonces un sentido tradicional consolidado en el uso culto, "confusión entre una persona o cosa y otra", y otro más reciente, bien documentado, quizá ya más habitual que el anterior, "intercambio de una cosa por otra", que no contradice el significado original de la expresión en latín; refrendado además por la opinión de sólidos especialistas y por la propia Academia. ¿Por qué no admitir entonces que el hablante, en uso de su autonomía, opte por cualquier de las dos acepciones, o por ambas, según su sentido lingüístico, sus preferencias estéticas o sus necesidades expresivas?
México
La equis que aparece en este topónimo es la pervivencia de una grafía que representaba un sonido semejante al de la sh del inglés, que existió durante mucho tiempo en el español antiguo y que evolucionó hasta convertirse en la jota actual (con los matices peculiares de pronunciación que este fonema tiene en las diferentes áreas del español de España y de América). Debe, por tanto, pronunciarse como jota, nunca como equis, aunque se oiga con frecuencia. Esto mismo cabe decir de los derivados de México (mexicano, mexicanismo) y de otros topónimos de ese país, como Mexicali, Oaxaca, y también Texas, que perteneció a México hasta mediados del siglo XIX.No sé qué decirte...
¿Cuándo has venido?¡Hasta ahí podíamos llegar!
¿Estuviste con tu madre? ¿Cómo se encuentra?, nunca ¿Estuviste con tu madre?. ¿Cómo se encuentra?.¿Vienes?, si quieres te espero.¡Te vas a arrepentir!; las cosas han cambiado mucho desde que te marchaste.¡Es increíble lo que ha conseguido!: sacó la oposición en un año.
Se vio en el dilema de aceptar la reducción de sueldo o marcharse de la empresa.
Este regalo es para ti.Ponte detrás de mí.La tela ya no da más de sí.—¿Piensas ir el domingo a la excursión? —Sí, claro.Si es el séptimo grado de la escala de do.Si tengo tiempo, iré a visitar a los tíos.
A ver es la combinación de la preposición a y el infinitivo ver. Aunque se escribe diferente, se pronuncia exactamente igual que el infinitivo haber, por lo que se confunde con bastante frecuencia. Es un error grave que debe evitarse.
A ver es una expresión muy corriente y que presenta usos variados que, en general, tienen en común la expresión del interés por alguna cosa. Entre ellos:
1. En tono interrogativo, acompaña al acto de acercarse a mirar una cosa o mostrar interés por algo:
¿A ver...? Creo que hay un error en las cuentas.
2. Puede indicar expectación o esperanza:
A ver qué pasar ahora con los inquilinos.
A ver si nos vemos pronto.
3. Es frecuente delante de una oración introducida por si introduciendo diversos matices (expectación, temor, reto, esperanza o deseo, reconvención, etc.):
A ver si sabes lo que hay en esta maleta.
A ver si te caes y te rompes la crisma.
A ver si eres capaz de levantar esa caja.
A ver si aprueba las oposiciones.
A ver si te ocupas un poco más del gato.
4. Sirve para llamar la atención del interlocutor cuando se le va a preguntar, pedir u ordenar algo. Puede implicar cierta irritación o impaciencia:
A ver, ¿fuiste a hacer las gestiones al ministerio?
5. Puede equivaler a claro o naturalmente:
—Al final se separaron. —A ver, con lo mal que se llevaban.
6. Casi como una muletilla, se emplea para pensar un instante antes de dar una respuesta, con frecuencia mostrando contrariedad en mayor o menor medida:
—¿Has conseguido trabajo? —A ver, lo estoy intentando, pero en este momento la cosa no está fácil.
Como hemos dicho, se confunde en ocasiones con haber. Con algunos ejemplos quedará clara la diferencia:
No te quejes; haber preguntado antes.
Tiene que haber pasado algo raro.
Puede haber un error en el programa y por eso se cuelga el ordenador.
Haber también funciona como un sustantivo que significa en general «bienes o cosas que se poseen»:
Abono de haberes.
El haber y el debe de una cuenta.
El equipo tiene en su haber varias copas de Europa.
Ortega decía que explicar algo, hacerlo entender cabalmente, no era nada más —y nada menos— que reducirlo, por muy complejo que fuese, a verdades de Pero Grullo. Así que con la venia de este personaje de la imaginación popular y la del más universal de nuestros pensadores, me propongo verter hoy aquí unas cuantas perogrulladas sobre el uso de los adjetivos de relación y gentilicios correspondientes a las principales áreas en que se divide el continente americano. Hay un motivo para ello. Suelen cometerse impropiedades al emplear estos adjetivos y sustantivos, a veces por imprecisión geográfica, y las más por estar connotados por motivos ideológicos. Esto no es ninguna crítica, es la constatación de una realidad. El influjo ideológico es una manifestación de la subjetividad, y esta contribuye decisivamente a la consolidación de las unidades léxicas.
Los habitantes de América se llaman americanos. Esto quiere decir que son americanos tanto los norteamericanos, como los centroamericanos, antillanos y sudamericanos (o suramericanos). Obsérvese, sin embargo, que los habitantes de los Estados Unidos de América (por distinguir este país de los Estados Unidos de México), se llaman a sí mismos, de modo un tanto abusivo, americanos o norteamericanos (American, North American), uso que se ha extendido al español, cuando lo deseable y más correcto es llamarles estadounidenses. Conviene recordar también que los mexicanos, aunque pueda extrañarnos porque hablan español —no sé qué tendrá que ver una cosa con la otra— son también «norteamericanos».
Así pues, los habitantes de América del Norte (o Norteamérica) se llaman norteamericanos, los de América Central (o Centroamérica) se llaman centroamericanos, los de las Antillas se llaman antillanos (no son ni norteamericanos, ni centroamericanos, ni sudamericanos) y los de América del Sur (Sudamérica o Suramérica), sudamericanos (o suramericanos).
Hispanoamericanos son los americanos de habla española, y la parte de América en la que viven se llama Hispanoamérica. Iberoamericanos son los hispanoamericanos y los brasileños, que hablan portugués, ya que España y Portugal son las dos naciones que ocupan la península ibérica.
Tengo la impresión de que sudamericano esta adquiriendo cierta connotación negativa (reforzada por el peyorativo sudaca), y me consta que a los habitantes de aquellas latitudes no les gusta que se les llame así. Algo parecido ocurre con hispanoamericano. Prefieren llamarse a sí mismos latinoamericanos y más recientemente, latinos, y a su territorio América Latina (o Latinoamérica). Probablemente hay en ello un deseo de desasirse definitivamente del pasado colonial español, o diluir la preponderancia de este origen en una combinación de influencias de países europeos de cultura latina, como Italia y Francia. Yo no sé si esto es exacto en la realidad actual y en la historia, y no olvidemos que esas denominaciones, lejos de tener un origen autóctono, proceden claramente del inglés: Latin America, Latin American. Y es bien sabido el interés de potencias como Francia en el siglo XVIII y Estados Unidos en el XIX y posteriores en desactivar la influencia española en aquellas tierras y en los más diversos aspectos, también en el lingüístico. Así se escribe la historia. Pero, sinceramente, me parece poco inteligente intentar renegar de una cultura en una lengua que habló y en la que escribió Cervantes, Galdós o Juan Rulfo. Con respeto por todas las demás, sin duda.
Hoy el término latinoamericano parece bien consolidado, incluso entre españoles, y sudamericano e hispanoamericano van a la baja. Y solo se puede llamar música latina a los nuevos ritmos importados de allí (música sudamericana o hispanoamericana serían otra cosa), por más que Horacio, Ovidio o Cicerón tengan escasa, por no decir nula, influencia en ella. Pero yo no me resigno. Hispanoamericano y sudamericano son términos precisos, apuntan con exactitud a las realidades que designan, están bien motivados morfológicamente. ¿Por qué dejar de usarlos si somos capaces de abstraernos de las connotaciones interesadas —o poco conscientes— de unos y otros que desvirtúan su verdadero sentido?En general, la formas del imperativo de los verbos no presentan especiales problemas. Repaso aquí las de un verbo regular de la primera conjugación:
canta (tú)
cantá (vos; en las zonas de voseo del
español americano)
cante (usted)
cantad (vosotros, vosotras)
canten (ustedes)
Como puede verse, la forma de imperativo correspondiente a vosotros (segunda persona del plural) termina en -d (cantad, sentad, comed, partid); sin embargo, pierde esa -d cuando se le añade el pronombre enclítico os: sentaos, comeos, veníos.
En la lengua coloquial es muy frecuente en estos casos sustituir la forma del imperativo por un infinitivo, pero este uso no es recomendable. Debe decirse sentaos a la mesa, comeos lo que os apetezca, marchaos cuando queráis, y no sentaros a la mesa, comeros lo que os apetezca o marcharos cuando queráis.
En realidad, la sustitución del imperativo por infinitivo en las formas que terminan en -d es muy común: entrar si tenéis frío, terminar el trabajo cuanto antes, venir a la fiesta. En rigor debió decirse: entrad si tenéis frío, terminad el trabajo cuanto antes, venid a la fiesta.
Como ocurre tantas veces, este uso podría llegar a considerarse admisible en la lengua hablada informal, de hecho se da con mucha frecuencia, pero debe evitarse en lenguaje esmerado. Y muy especialmente en la lengua escrita.
Naturalmente, no deben confundirse estos casos con la combinación de un infinitivo con el pronombre enclítico os, que es perfectamente válida, como en el frase Podéis iros cuando queráis.
No obstante, es perfectamente aceptable, y recomendable, el uso del infinitivo con valor de imperativo para expresar instrucciones de carácter impersonal: Llamar antes de entrar. Cerrar la puerta al salir. No tocar los alimentos sin guantes, etc. Usar el imperativo en estos casos podría resultar molesto, hasta ofensivo, para los posibles destinatarios de esos mensajes.
Un caso muy particular del asunto que estamos tratando aquí es el del verbo ir. En este verbo, la forma culta de imperativo correspondiente a vosotros con el pronombre enclítico os es idos, no íos. Como puede verse la -d final no se pierde aquí. La forma íos se uso en el español antiguo, pero hoy se ha desechado por completo. Por otra parte, dada la extensión entre hablantes cultos de la forma iros (probablemente para evitar la confusión de idos con el participio del mismo verbo), la Real Academia Española optó recientemente por darla también por válida. Esta decisión suscitó no pocas críticas entre los especialistas y hablantes cualificados, lo que ha dado lugar a una situación de notable incertidumbre, sobre todo por la elevada frecuencia de uso del verbo en cuestión. En resumen, en este momento tanto idos como iros serían consideradas formas correctas, aunque se seguiría dando preferencia a la primera de ellas. Veremos en qué acaba todo.