viernes, 1 de julio de 2022

Sexismo lingüístico



Pocas veces un fenómeno lingüístico ha gozado de una presencia tan evidente en el debate público y privado como el que se va a tratar en este artículo. Ha sido —y sigue siendo— tema de sostenida controversia ideológica y política; los medios de comunicación lo tratan con asiduidad, y es tema de conversación recurrente en reuniones de amigos y familiares. Numerosas instituciones abogan por la utilización de un lengua no discriminatoria y ya existe una abundante legislación tanto nacional como internacional que propugna abolir el sexismo en el lenguaje. Sabía que tenía que llegar el momento de abordar este tema, tan espinoso en algunos aspectos. Va a ser ahora que nuestro querido SARS-Cov-2 y su enésima variante me tienen encerrado en casa.  Intentaré hacerlo de forma sencilla, breve, y, a ser posible, sin sectarismo ni indiferencia. Vamos allá.

Se incurre en sexismo lingüístico cuando un hablante emite un mensaje que incorpora un trato discriminatorio hacia alguien en razón de su sexo, como hecho biológico y, especialmente, en todo lo que implica este hecho en el lugar que el individuo ocupa en la sociedad. El valor semántico de la expresión sexismo lingüístico permitiría que fuese aplicada a cualquiera de los dos sexos, pero en la práctica, el uso se ha restringido al sexismo que se ejerce contra la mujer. Vaya por delante la afirmación de que el sexismo existe, y el sexismo lingüístico también; no podía ser de otro modo, siendo la lengua la principal forma de comportamiento implicada en las relaciones humanas.

No me referiré aquí a casos evidentes de enunciados discriminatorios, y que raramente son hoy objeto de discusión. Como el que se da en esta frase:

Como ha sido siempre, la mujer ha de quedarse en casa cuidando de la prole y de su marido, cumpliendo las tareas que su naturaleza le dicta.

Tampoco hay que insistir en la abundante variedad de expresiones que ofrecen nuestros diccionarios, desde las más elevadas a las más vulgares o malsonantes, que se emplean para denigrar tanto a las mujeres como a otros colectivos. Sabemos que la lengua es un sistema que sirve para muchas cosas: para describir, para comunicar, para preguntar, para pedir, para ordenar, para elogiar, para mentir... Y también para insultar. Son los hablantes los que han de decidir lo que desean hacer con ella.

Hablaré aquí de algunos casos de sexismo en el uso lingüístico más sutiles, y que con frecuencia pasan desapercibidos, ya que se encuentran hondamente arraigados en mecanismos inconscientes aprendidos en el seno de las sociedades patriarcales.

Quizá recordéis una conocida adivinanza en la que se juega con el sentido de la palabra eminencia cuando se aplica a una persona de grandes conocimientos y competencia en su campo profesional. Es capaz de resolverla quien cae en la cuenta de que eminencia es un término que puede aplicarse en realidad tanto a hombres como a mujeres; no lo hará quien, como es habitual, solo piense en un hombre como destinatario de tan elogioso calificativo. Quien esté interesado en conocer el contenido completo del acertijo, puede acceder a él desde este enlace.

A diferencia del ejemplo propuesto arriba, que manifiesta conscientemente determinadas ideas sobre cuál debe ser el sentido vital de la mujer —que hoy parecen claramente superadas— este acertijo pone en evidencia un caso de sexismo lingüístico inconsciente.

Traigo también un ejemplo frecuentemente citado como sexista que se encuentra en la famosa canción Libertad sin ira, que, paradójicamente, llegó a convertise en uno de los himnos de la Transición democrática en España:

Pero yo solo he visto gente
que sufre y calla, dolor y miedo;
gente que solo desea
su pan, su hembra y la fiesta en paz.

Al margen del uso de la palabra hembra, que hoy quizá juzgaríamos inapropiada para referirse a un mujer en este contexto, se produce la identificación del pueblo español (gente) solo con una parte de él, algo menos de la mitad, el hombre (que solo desea su hembra), ignorando o «invisibilizando» a la otra mitad. Este concepto de «invisibilidad» de la mujer —estrechamente vinculado con el de la igualdad—, que de algún modo queda subsumida en el ámbito de lo masculino, es uno de los ejes fundamentales de la reivindicación de los movimientos que desde mediados de los años ochenta del siglo pasado vienen denunciando y combatiendo el sexismo contra la mujer;  pues, como parece fuera de duda, solo aquello que se ve, aquello que se hace presente y destaca, puede ser tomado en consideración y respetado.

Vamos a ver ahora dos temas que son objeto de discusión habitual al  hablar sobre el sexismo lingüístico: el uso de las formas femeninas en las denominaciones de profesiones ejercidas por mujeres, y el llamado «masculino genérico». El hecho de que ambas cuestiones, y otras, se  sitúen  en el núcleo de lo que los lingüistas suelen denominar «sistema»  (frente el uso concreto de ese sistema en un contexto dado) hace que haya quien plantee este asunto en términos de si el español como tal o es o no es sexista. Tengo serias dudas de que esta sea una forma correcta de hacerlo, y, en cualquier caso, creo que aporta poco a la línea de razonamiento que se está siguiendo aquí.


Profesiones ejercidas por mujeres

Es evidente que si determinada profesión es ejercida por una mujer, el nombre aplicado a quien la ejerce debe disponer de la forma femenina correspondiente, mediante la variación en la desinencia de género o de otro modo, de acuerdo con las pautas morfológicas del español. De ahí que el acceso de las mujeres a profesiones que antes eran solo ejercidas por varones obligue a la creación de nuevas formas. Esto no plantea especiales problemas desde el punto de vista del sistema lingüístico, los diccionarios incorporan estos términos con toda naturalidad y raramente son objeto de discusión. Si se desciende al uso concreto, convendrá hacer algunas matizaciones que ilustraremos a partir de los siguientes ejemplos:

Abogada, arquitecta, asistenta, (la) asistente, bombera, comadrona, (la) concejal(a), cuidadora, física, filóloga, (la) futbolista, (la) juez(a), limpiadora,  médica, minera, notaria, ingeniera, matemática, música, piscóloga, portera (de una finca o de fútbol), presidenta, (la) ujier.

Ninguna de estas formas es cuestionable desde el punto de vista gramatical. Todas ellas se ajustan a la morfología del español. Sin embargo, no todas gozan de la misma aceptación en el uso.
    Creo que abogada, comadrona (solo faltaría), filóloga, psicóloga y presidenta no presentan ninguna restricción de uso. Acaso solo abogada en sus ámbitos profesionales propios, tan conservadores lingüísticamente hablando y tendentes al formulismo.
    Arquitecta, ingeniera, médica, notaria cuentan con alguna resistencia, incluso entre algunas mujeres, acaso porque pese el prejuicio sexista, muchas veces inconsciente, de que una profesión es más prestigiosa cuando es ejercida por un hombre. En el caso de notario puede aplicarse también lo reseñado para abogada. Por cierto, mis felicitaciones a las «médicas» que se llaman a sí mismas así sin complejos; seguiré su ejemplo.
    Es muy revelador que asistenta, cuidadora, limpiadora y portera (de una finca) nunca hayan sufrido cuestionamiento alguno. No es de extrañar, son profesiones de carácter subalterno que han sido ejercidas  mayoritariamente por mujeres.
    Física, matemática y música son denominación perfectamente válidas, aunque cuentan con la dificultad de su coincidencia formal con la disciplina correspondiente, lo que podría dar lugar a confusiones. Nada que la pericia del hablante o del escritor no puedan resolver.
    No suelen plantear problemas las formas en que la distinción de género no se manifiesta en la desinencia, como en futbolista y asistente.
    En el caso de (la) juez / jueza y (la) concejal(a) no existe unanimidad en las preferencias de uso. Todas ellas son formas válidas y plenamente reconocidas en los diccionarios y gramáticas. 

Como puede verse, la extensión de las formas femeninas a las profesiones ejercidas por las mujeres es un proceso que se cumple con toda naturalidad dentro de los limites del sistema gramatical de la lengua. Cosa distinta es la valoración que los hablantes hacen de cada unas de las formas en particular, que usarán de acuerdo con sus preferencias y valores, que, no obstante, no tienen por qué ser inamovibles.


El «masculino genérico»

Es el uso de la forma masculina de un sustantivo para designar al mismo tiempo tanto el masculino como el femenino. Es una propiedad de determinados sustantivos que se refieren a seres animados (personas y animales), en los cuales la diferencia sexual se manifiesta en la distinción formal de género, y se da especialmente en plural. Por ejemplo, en la frase:

Los estudiantes que hayan aprobado en junio podrán realizar la reserva de matrícula la semana que viene.

Aquí el término estudiantes puede referirse conjuntamente a personas de sexo masculino y a personas de sexo femenino. Esa sería la interpretación más normal, aunque cabe también pensar que afecta solo a varones, pero en este contexto difícilmente podría entenderse así.

El masculino genérico se da también en algunos sustantivos en singular, como hombre, que puede referirse al mismo tiempo a hombres y mujeres en su conjunto en expresiones como la llegada del hombre a la Luna, y a veces se denomina también masculino genérico al que en plural sirve designar parejas del tipo padres (padre y madre), abuelos (abuelo y abuela), reyes (rey y reina), condes (conde y condesa), etc.

Este recurso gramatical, habitual en todas las lenguas románicas, ha sido interpretado por parte de determinados grupos reivindicativos, generalmente de orientación feminista, como una clara manifestación de la invisibilización de la mujer impuesta por una cultura patriarcal milenaria. Este sentimiento —perfectamente legítimo— ha adquirido cierta relevancia social, y desde hace tiempo se ha venido trabajando en diversas alternativas al uso del masculino genérico, publicándose incluso libros de estilo promovidos por diferentes instituciones. La que ha adquirido mayor trascendencia es el desdoblamiento en masculino y femenino de los plurales que abarcan ambos géneros. Aquí me detendré solo en esta; para otras propuestas pueden consultarse las referencias que incluiré al final del artículo.

Siguiendo el ejemplo de arriba, el desdoblamiento daría el siguiente resultado:

Los estudiantes y las estudiantes que hayan aprobado en junio podrán realizar la reserva de matrícula la semana que viene.

En principio, este desdoblamiento no iría contra las normas gramaticales. Se da en muchos casos en el uso corriente pero siempre con motivos específicos y en contextos determinados, no en casos como este. En los documentos notariales antiguos era muy común especificar el hijo y la hija o los hijos y las hijas para que no hubiese duda de que una herencia correspondía a todos ellos, fueran varones o mujeres. Y hoy es muy habitual en saludos corteses, pero solo en determinadas circunstancias: señoras y señores..., amigos y amigas...
    También podríamos imaginar situaciones en que sería conveniente especificar. Veamos el siguiente ejemplo:

En el colegio están planteándose organizar una clase extraescolar de costura dirigida a niños y a niñas.

En este caso no estaría de más especificar que la clase estaría pensada también para niños (que no les vendría nada mal), ya que en el imaginario colectivo tradicional la costura sería una actividad propia solo de niñas y mujeres. Un uso generalizado del desdoblamiento eliminaría este tipo de útiles distinciones.

Si transformamos el ejemplo de arriba del siguiente modo:

Todos los estudiantes aprobados en junio podrán realizar la reserva de matrícula la semana que viene.
    
¿Deberíamos desdoblar los determinantes y los adjetivos para garantizar la visibilidad del femenino? El resultado sería este:

Todos y todas los estudiantes y las estudiantes aprobados y aprobadas en junio podrán realizar la reserva de matrícula la semana que viene.

Parece poco razonable.

Este tipo de desdoblamiento tiene implantación, aunque de manera limitada, en ciertos tipos de textos. Se oye con frecuencia en los discursos políticos o en los medios de comunicación, y aparece en algunos casos en textos administrativos; también en otros contextos, como en los breves mensajes de la mensajería inmediata, con frecuencia en tono amablemente jocoso. Poco más. Los propios promotores de estos cambios reconocen inviable su aplicación general,  y sugieren limitarlos a ciertos tipos de documentos (normas legales, administrativos y otros).

En el año 2018, la entonces vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, con ocasión de los cambios constitucionales que se había previsto realizar de manera inminente, solicitó a la Real Academia Española su colaboración en una nueva redacción de la Constitución Española mediante la utilización de un «lenguaje inclusivo» que superara la invisibilidad 
 femenina de la que, en su opinión, adolecía el texto constitucional. La respuesta llegó dos años después y fue que no (dicho de forma más ampliada, y con ciertos matices y argumentos, claro). El documento de respuesta es público y a mí me ha interesado, no tanto la parte que se refiere a la Constitución, sino sobre todo un anexo —que parece estar redactado por otra mano— en el que se trata ampliamente el problema del sexismo lingüístico, con una exhaustiva argumentación en favor y en contra de las soluciones propuestas para combatirlo. Lo he incluido en las referencias aquí abajo.

Sin duda el sexismo lingüístico es un hecho real, y el primer paso para hacerle frente es adquirir conciencia de su existencia. Es digno de todo elogio el esfuerzo de muchas mujeres por alcanzar el lugar que les corresponde en la sociedad, que es probablemente una de las señas de identidad más evidentes del siglo XXI. También las instituciones de todos los niveles son conscientes de ello, y son numerosas las iniciativas encaminadas a ese propósito. Son muchas las cosas que se pueden y se deben hacer para desenmascararlo y abolirlo. Pero debe tenerse en cuenta que las lenguas naturales son productos históricos que nacen y evolucionan por consenso implícito de toda la comunidad hablante, y poseen estructuras básicas que no pueden ser soslayadas. Cualquier iniciativa que ignore estos hechos está condenada al fracaso.


Referencias

García Messeguer, Álvaro. El español, una lengua no sexista.





lunes, 30 de mayo de 2022

Quid pro quo

 

Esta expresión latina saltó a la fama a principios de los años noventa del siglo pasado tras el estreno en España de una exitosísima película que inaugura la querencia del cine por los asesinos en serie: El silencio de los corderos. El refinado psiquiatra antropófago Hannibal Lecter (Anthony Hopkings), en una entrevista inolvidable, propone a la brillante, pero aún inexperta estudiante de la Academia del FBI, Clarice Starling (Jodie Foster), un acuerdo por el cual él contestará a las preguntas de la agente en ciernes sobre el asesino que está buscando, si ella a su vez accede a contestar a las suyas, que en realidad solo pretenden conocer aspectos íntimos de la joven. En este contexto, Lecter emplea dos veces la expresión quid pro quo, y Clarice la repite poco después. Aquí va la secuencia (aprovechad también para disfrutar de la voz de Camilo García, que dobla a Hopkings).



Como acaba de verse (mejor dicho, oírse), se ha usado la locución con un sentido de reciprocidad: una cosa por otra, un toma y daca. Hay otra expresión latina que tiene exactamente este mismo sentido: do ut des, literalmente "doy para que des".

No obstante, en el uso culto tradicional ha predominado el sentido de "error que se comete al sustituir a una persona o cosa por otra". Incluso hay un motivo teatral que se llama así, quid pro quo, que se basa precisamente en esa confusión. Y esta es la razón por la cual se ha cuestionado este nuevo uso, y que no sé por qué se ha convertido en motivo recurrente de discusión, lingüística por supuesto. Lo cual me parece estupendo. De los muchos ejemplos que podrían traerse del uso clásico, he seleccionado esta cita de Juan Valera en su Correspondencia (1847-1857):

Querido amigo mío: ya se rompió el encantamiento y ya nos dieron las Grandes Cruces para el Marqués y para el general Serrano. Para usted no la han dado aún porque hubo un quid pro quo y se la concedieron al Sr. Díaz Canseco. Esto se enmendará y el Sr. Díaz Canseco se contentará con una encomienda.

Veamos las cosas un poco más de cerca:

Parece que esta locución tiene su origen entre los antiguos boticarios. Se llamaba quid pro quo a la sustancia que se empleaba en sustitución de otra en las preparaciones farmacéuticas. En este caso sin ninguna connotación de error o confusión. Este sentido de mera "sustitución" referido a la farmacopea ya aparece en el Diccionario de autoridades (1731) y lo veo ampliamente documentado en textos de los siglos XVI al XVIII. Es posible que el empleo de un sucedáneo en una fórmula magistral motivara alguna suspicacia, lo cual puede ser el precedente del matiz peyorativo que se consolidó con posterioridad. Así lo recoge el maestro Correas en su Vocabulario de refranes y frases proverbiales (1627):


Ezétera de eskrivano, i quid pro quo de botikario [...]

Kiere dezir ke es dañoso [...]


O sea, que los "etcéteras" de los documentos notariales o similares, y los quid pro quo de los boticarios son cosas poco recomendables.

Demos un paso más:

La locución quid pro quo está formada por el pronombre indefinido quid, que significa "algo", en caso nominativo, la preposición pro, que en latín tiene diversos sentidos, entre ellos, "en lugar de", "en vez de", y también "a cambio de"; y quo, el mismo pronombre en caso ablativo. Aunque no niego rotundamente esta posibilidad,  no veo la necesidad de interpretar, como quieren algunos, que lo que se está diciendo es que se confunde la forma de nominativo con la de ablativo. Quid pro quo podría traducirse literalmente por "algo por (en vez de o a cambio de) algo"; dicho más castizamente, "una cosa por otra", que curiosamente también en español expresa con palmaria ambigüedad las mismas dos ideas: confusión e intercambio.

El sentido de reciprocidad aparece ya ampliamente documentado en la prensa desde los últimos años del siglo XX hasta ahora. El latinista Víctor-José Herrero reconoce sin más explicaciones este sentido en su excelente Diccionario de expresiones y frases latinas, y matiza que se usa con frecuencia en las relaciones internacionales en el ámbito del comercio exterior. Y la Real Academia Española lo incluye con toda claridad en sus obras normativas (Diccionario de la lengua española, Diccionario panhispánico de dudas).

Tenemos entonces un sentido tradicional consolidado en el uso culto, "confusión entre una persona o cosa y otra", y otro más reciente, bien documentado, quizá ya más habitual que el anterior, "intercambio de una cosa por otra",  que no contradice el significado original de la expresión en latín; refrendado además por la opinión de sólidos especialistas y por la propia Academia. ¿Por qué no admitir entonces que el hablante, en uso de su autonomía, opte por cualquier de las dos acepciones, o por ambas, según su sentido lingüístico, sus preferencias estéticas o sus necesidades expresivas?



miércoles, 18 de mayo de 2022

Diez errores lingüísticos que no te puedes permitir (2)

 

México

La equis que aparece en este topónimo es la pervivencia de una grafía que representaba un sonido semejante al de la sh del inglés, que existió durante mucho tiempo en el español antiguo y que evolucionó hasta convertirse en la jota actual (con los matices peculiares de pronunciación que este fonema tiene en las diferentes áreas del español de España y de América). Debe, por tanto, pronunciarse como jota, nunca como equis, aunque se oiga con frecuencia. Esto mismo cabe decir de los derivados de México (mexicano, mexicanismo) y de otros topónimos de ese país, como Mexicali, Oaxaca, y también Texas, que perteneció a México hasta mediados del siglo XIX.
Por cierto, la grafía con jota (j) en todas estas palabras es perfectamente válida, aunque es hoy menos usual, especialmente en América.


Puntos suspensivos

Los puntos suspensivos son tres; ni dos, ni cuatro, ni más de cuatro.

No sé qué decirte...


Signos de interrogación (¿...?) y exclamación (¡...!)

En español, los signos de interrogación y exclamación (o admiración) son dobles. Deben colocarse al principio y al final de la oración o parte de esta afectadas por ellos:

¿Cuándo has venido?
¡Hasta ahí podíamos llegar!

Es cierto que por influencia de otros idiomas y por la dificultad de escribirlos con ciertos instrumentos, especialmente los móviles, muchas veces no se escribe el de apertura. La RAE considera tolerable prescindir de él en ciertas circunstancias (en particular, en los textos de mensajería inmediata), pero son necesarios ambos en cualquier comunicación medianamente formal.

Por otra parte: no se escribe nunca punto tras un signo de interrogación y exclamación de cierre. El resto de signos de puntuación (coma, punto y coma y dos puntos) sí se escriben:

¿Estuviste con tu madre? ¿Cómo se encuentra?, nunca ¿Estuviste con tu madre?. ¿Cómo se encuentra?.
¿Vienes?, si quieres te espero.
¡Te vas a arrepentir!; las cosas han cambiado mucho desde que te marchaste.
¡Es increíble lo que ha conseguido!: sacó la oposición en un año.


Dilema

Dilema es la situación en que se encuentra alguien que debe decidirse entre dos opciones, ambas malas. Hay que insistir en que se trata de «dos» opciones, como indica el prefijo di- con que esta formada esta palabra:

Se vio en el dilema de aceptar la reducción de sueldo o marcharse de la empresa.

No debe usarse, por tanto, en el sentido general de «decisión difícil» o «problema», como se oye con frecuencia.


Cannabis

Cannabis es el nombre del género que forma parte de la denominación científica de varias especies de cáñamo, especialmente el Cannabis sativa (el cáñamo de uso preferentemente textil) y el Cannabis indica (cáñamo índico o marihuana). Así es como se llamaba en latín al cáñamo, y de ahí lo tomaron los botánicos. El término latino se emplea corrientemente para denominar al cáñamo índico, especialmente cuando nos referimos a él por sus propiedades terapéuticas, y podemos verlo escrito sin tilde, cannabis, y entonces se está usando como latinismo, o castellanizado en la forma cánnabis. En cualquier caso, la pronunciación debe ser siempre esdrújula, como lo era en latín; es decir, con acento en la primera a, y no [cannábis], como se dice a veces.


Cotidianeidad y estanqueidad

No existen los adjetivos cotidiáneo y estánqueo; por lo tanto, aunque se usan con frecuencia, estas dos palabras no están justificadas morfológicamente. Las formas correctas son contidianidad (de cotidiano) y estanquidad (de estanco).


Gaseoducto

Por analogía errónea con oleoducto, se emplea con frecuencia esta forma anómala. Las forma apropiada es gasoducto.


Vayámonos


La formas verbales de primera persona del plural del subjuntivo usadas con valor imperativo pierden siempre la -s ante el pronombre nos: dejémonos, callémonos, vayámonos. No son correctas, por tanto, la formas dejémosnos, callémosnos, vayámosnos.


Ti

El pronombre personal tónico ti se escribe sin tilde, pues no existe ninguna palabra igual átona con la que se pueda confundir. Por el contrario, se escribe con tilde diacrítica para distinguirlo del posesivo átono mi. El pronombre personal también se escribe con tilde, igual que el adverbio de afirmación. Se escriben sin tilde la nota musical, aunque es palabra tónica, y la conjunción condicional:

Este regalo es para ti.
Ponte detrás de .
La tela ya no da más de .
¿Piensas ir el domingo a la excursión? , claro.
Si es el séptimo grado de la escala de do.
Si tengo tiempo, iré a visitar a los tíos.



Extrovertido

Aunque esta forma está ya incluida en el diccionario académico, es recomendable evitarla. No existe el elemento prefijo extro-. Se trata de un error por extravertido, que es la forma plenamente correcta, por analogía con introvertido.

viernes, 13 de mayo de 2022

A ver y haber


A ver es la combinación de la preposición a y el infinitivo ver. Aunque se escribe diferente, se pronuncia exactamente igual que el infinitivo haber, por lo que se confunde con bastante frecuencia. Es un error grave que debe evitarse.

A ver es una expresión muy corriente y que presenta usos variados que, en general, tienen en común la expresión del interés  por alguna cosa. Entre ellos:

1. En tono interrogativo, acompaña al acto de acercarse a mirar una cosa o mostrar interés por algo:

¿A ver...? Creo que hay un error en las cuentas.

 2. Puede indicar expectación o esperanza:

A ver qué pasar ahora con los inquilinos.

A ver si nos vemos pronto.

 3. Es frecuente delante de una oración introducida por si introduciendo diversos matices (expectación, temor, reto, esperanza o deseo, reconvención, etc.):

A ver si sabes lo que hay en esta maleta.

 A ver si te caes y te rompes la crisma.

A ver si eres capaz de levantar esa caja.

A ver si aprueba las oposiciones. 

A ver si te ocupas un poco más del gato.

4. Sirve para llamar la atención del interlocutor cuando se le va a preguntar, pedir u ordenar algo. Puede implicar cierta irritación o impaciencia:

A ver, ¿fuiste a hacer las gestiones al ministerio?

5. Puede equivaler a claro o naturalmente:

—Al final se separaron. —A ver, con lo mal que se llevaban.

6. Casi como una muletilla, se emplea para pensar un instante antes de dar una respuesta, con frecuencia mostrando contrariedad en mayor o menor medida:

 —¿Has conseguido trabajo?  —A ver, lo estoy intentando, pero en este momento la cosa no está fácil. 

Como hemos dicho, se confunde en ocasiones con haber. Con algunos ejemplos quedará clara la diferencia:

No te quejes; haber preguntado antes.

Tiene que haber pasado algo raro.

Puede haber un error en el programa y por eso se cuelga el ordenador.

Haber también funciona como un sustantivo que significa en general «bienes o cosas que se poseen»:

Abono de haberes.

El haber y el debe de una cuenta.

El equipo tiene en su haber varias copas de Europa.


martes, 3 de mayo de 2022

Americanos

 

Ortega decía que explicar algo, hacerlo entender cabalmente, no era nada más —y nada menos— que reducirlo, por muy complejo que fuese, a verdades de Pero Grullo. Así que con la venia de este personaje de la imaginación popular y la del más universal de nuestros pensadores, me propongo verter hoy aquí unas cuantas perogrulladas sobre el uso de los adjetivos de relación y gentilicios correspondientes a las principales áreas en que se divide el continente americano. Hay un motivo para ello. Suelen cometerse impropiedades al emplear estos adjetivos y sustantivos, a veces por imprecisión geográfica, y las más por estar connotados por motivos ideológicos. Esto no es ninguna crítica, es la constatación de una realidad. El influjo ideológico es una manifestación de la subjetividad, y esta contribuye decisivamente a la consolidación de las unidades léxicas.

Los habitantes de América se llaman americanos. Esto quiere decir que son americanos tanto los norteamericanos, como los centroamericanos, antillanos y sudamericanos (o suramericanos). Obsérvese, sin embargo, que los habitantes de los Estados Unidos de América (por distinguir este país de los Estados Unidos de México), se llaman a sí mismos, de modo un tanto abusivo, americanos o norteamericanos (American, North American), uso que se ha extendido al español, cuando lo deseable y más correcto es llamarles estadounidenses. Conviene recordar también que los mexicanos, aunque pueda extrañarnos porque hablan español —no sé qué tendrá que ver una cosa con la otra— son también «norteamericanos».

Así pues, los habitantes de América del Norte (o Norteamérica) se llaman norteamericanos, los de América Central (o Centroamérica) se llaman centroamericanos, los de las Antillas se llaman antillanos (no son ni norteamericanos, ni centroamericanos, ni sudamericanos) y los de América del Sur (Sudamérica o Suramérica), sudamericanos (o suramericanos).

Hispanoamericanos son los americanos de habla española, y la parte de América en la que viven se llama Hispanoamérica. Iberoamericanos son los hispanoamericanos y los brasileños, que hablan portugués, ya que España y Portugal son las dos naciones que ocupan la península ibérica.

Tengo la impresión de que sudamericano esta adquiriendo cierta connotación negativa (reforzada por el peyorativo sudaca), y me consta que a los habitantes de aquellas latitudes no les gusta que se les llame así. Algo parecido ocurre con hispanoamericano. Prefieren llamarse a sí mismos latinoamericanos y más recientemente, latinos, y a su territorio América Latina (o Latinoamérica). Probablemente hay en ello un deseo de desasirse definitivamente del pasado colonial español, o diluir la preponderancia de este origen en una combinación de influencias de países europeos de cultura latina, como Italia y Francia. Yo no sé si esto es exacto en la realidad actual y en la  historia, y no olvidemos que esas denominaciones, lejos de tener un origen autóctono, proceden claramente del inglés: Latin America, Latin American. Y es bien sabido el interés de potencias como Francia en el siglo XVIII y Estados Unidos en el XIX y posteriores en desactivar la influencia española en aquellas tierras y en los más diversos aspectos, también en el lingüístico. Así se escribe la historia. Pero, sinceramente, me parece poco inteligente intentar renegar de una cultura en una lengua que habló y en la que escribió Cervantes, Galdós o Juan Rulfo. Con respeto por todas las demás, sin duda. 

Hoy el término latinoamericano parece bien consolidado, incluso entre españoles, y sudamericano e hispanoamericano van a la baja. Y solo se puede llamar música latina a los nuevos ritmos importados de allí (música sudamericana o hispanoamericana serían otra cosa), por más que Horacio, Ovidio o Cicerón tengan escasa, por no decir nula, influencia en ella. Pero yo no me resigno. Hispanoamericano y sudamericano son términos precisos, apuntan con exactitud a las realidades que designan, están bien motivados morfológicamente. ¿Por qué dejar de usarlos si somos capaces de abstraernos de las connotaciones interesadas —o poco conscientes— de unos y otros que desvirtúan su verdadero sentido?

miércoles, 27 de abril de 2022

Formas dudosas del imperativo


En general, la formas del imperativo de los verbos no presentan especiales problemas. Repaso aquí las de un verbo regular de la primera conjugación:

canta (tú)
cantá (vos; en las zonas de voseo del
            español americano)
 cante (usted)
 cantad (vosotros, vosotras)
 canten (ustedes)

Como puede verse, la forma de imperativo correspondiente a vosotros (segunda persona del plural) termina en -d (cantad, sentad, comed, partid); sin embargo, pierde esa -d cuando se le añade el pronombre enclítico os: sentaos, comeos, veníos.

En la lengua coloquial es muy frecuente en estos casos sustituir la forma del imperativo por un infinitivo, pero este uso no es recomendable. Debe decirse sentaos a la mesa, comeos lo que os apetezca, marchaos cuando queráis, y no sentaros a la mesa, comeros lo que os apetezca o marcharos cuando queráis.

En realidad, la sustitución del imperativo por infinitivo en las formas que terminan en -d es muy común: entrar si tenéis frío, terminar el trabajo cuanto antes, venir a la fiesta. En rigor debió decirse: entrad si tenéis frío, terminad el trabajo cuanto antes, venid a la fiesta.

Como ocurre tantas veces, este uso podría llegar a considerarse admisible en la lengua hablada informal, de hecho se da con mucha frecuencia, pero debe evitarse en lenguaje esmerado. Y muy especialmente en la lengua escrita.

Naturalmente, no deben confundirse estos casos con la combinación de un infinitivo con el pronombre enclítico os, que es perfectamente válida, como en el frase Podéis iros cuando queráis.

No obstante, es perfectamente aceptable, y recomendable, el uso del infinitivo con valor de imperativo para expresar instrucciones de carácter impersonal: Llamar antes de entrar. Cerrar la puerta al salir. No tocar los alimentos sin guantes, etc. Usar el imperativo en estos casos podría resultar molesto, hasta ofensivo, para los posibles destinatarios de esos mensajes.

Un caso muy particular del asunto que estamos tratando aquí es el del verbo ir. En este verbo, la forma culta de imperativo correspondiente a vosotros con el pronombre enclítico os es idos, no íos. Como puede verse la -d final no se pierde aquí.  La forma íos se uso en el español antiguo, pero hoy se ha desechado por completo. Por otra parte, dada la extensión entre hablantes cultos de la forma iros (probablemente para evitar la confusión de idos con el participio del mismo verbo), la Real Academia Española optó recientemente por darla también por válida. Esta decisión suscitó no pocas críticas entre los especialistas y hablantes cualificados, lo que ha dado lugar a una situación de notable incertidumbre, sobre todo por la elevada frecuencia de uso del verbo en cuestión. En resumen, en este momento tanto idos como iros serían consideradas formas correctas, aunque se seguiría dando preferencia a la primera de ellas. Veremos en qué acaba todo.






sábado, 23 de abril de 2022

Post-it, marca registrada

 

En la década de los ochenta llegaron a nuestras vidas unas hojitas de color amarillo fluorescente, con una franja adhesiva en el dorso, para escribir notas, generalmente recordatorios, y dejarlas pegadas en algún lugar visible. Sí, me estoy me estoy refiriendo al post-it. Fueron un invento de la multinacional estadounidense 3M, creadora además, entre otra muchas cosas, del famoso estropajo scotch brite (que nosotros pronunciamos siempre a la española, escoch brite). Ambos productos son marcas registradas; esto quiere decir que su nombre, inventado también como lo que designa, ha sido inscrito en el registro correspondiente, y no puede ser utilizado en determinadas circunstancias si no es con la autorización de su creador. Sin embargo, ambas palabras —y esto no sé si se les gustará mucho a los ejecutivos de 3M— se usan con toda naturalidad genéricamente para nombrar esos objetos u otros parecidos, sean de esa marca o de otra. Este es un fenómeno corrientísimo, esencial a la lengua e imparable en un mundo en el que la mayor parte de las cosas que usamos, nos comemos o nos bebemos han sido fabricadas por un tercero. Muchas voces de las que empleamos a diario tienen su origen en una marca registrada. Cito aquí unas cuantas (algunas sorprenderán): casera (gaseosa), celofán, chupa-chups, gominola, gramófono, clínex, lycra, mecano, neopreno, ping-pong, plastilina, sonotone, tirita, vaselina, velcro, yoyó.

Hoy hablaremos de post-it. La palabra procede de la expresión inglesa en forma imperativa post-it, que significa «colócalo, fíjalo, pégalo», aunque se usa como sustantivo; «no contable», como cuando decimos usa post-it para recordarle la hora de la reunión, o «contable», referido a cada una de estas notas: escribe el teléfono en un post-it. Desde que empezó a utilizarse, tanto en el ámbito oficinesco, del que se convirtió en un auténtico símbolo, al doméstico, convivieron dos pronunciaciones: póstit y pósit. Mi impresión personal es que la primera de ellas comenzó siendo la más frecuente; es la que corresponde a la escritura y la propia de hablantes cuidadosos a la hora de leer, o con mínimas nociones de inglés; la segunda no me parece muy común entre hablantes cultos, y creo percibir también que se emplea a veces adrede, en ese tono humorístico habitual del ámbito laboral, casi a modo de sutil captatio benevolentiae, con conciencia de que se trata de una pronunciación incorrecta.

Pues bien, la Real Academia Española, en un afán un tanto obstinado por castellanizar expresiones extranjeras en contra de la evidencia del uso general (la documentación es abrumadora en favor de la forma inglesa post-it), optó en 2014 por incluir en el Diccionario la adaptación pósit. Sinceramente, no entiendo esa decisión. Puestos a castellanizar, por qué no póstit. Nuestros hábitos de pronunciación están perfectamente adaptados a la secuencia post; de hecho las habilidades articulatorias de los españoles han mejorado mucho con respecto a las de generaciones anteriores, seguramente por la extensión del aprendizaje de lenguas extranjeras. Y esta pronunciación es la que mejor se ajusta a la original, es frecuente y la preferida por hablantes cualificados. ¿Quién da más?





domingo, 17 de abril de 2022

¿Detrás de mí, detrás mío, detrás mía...?

 

Se oye con mucha frecuencia, incluso entre periodistas de radio y televisión, un tipo de construcciones con adverbio y posesivo que es claramente anómalo desde el punto de vista gramatical. Se produce con un grupo de adverbios de significado espacial a los que se pospone un posesivo cuando deberían construirse con la preposición de. He recogido los siguientes: delante, detrás, encima, debajo, enfrente y, raramente, lejos y cerca.

Un adjetivo, en este caso un adjetivo posesivo como mío, tuyo, suyo, etc., nunca puede aplicarse a un adverbio, ni a los que hemos citado arriba ni a ningún otro. Los adverbios no admiten adjetivación. Por lo tanto, son incorrectas expresiones como delante mío, detrás tuya, enfrente suyo, encima nuestro, debajo vuestro, etc. Debe decirse delante de mí, detrás de ti, enfrente de él, encima de nosotros, debajo de vosotros. Por otra parte, el adverbio carece de género gramatical (y de número también, dicho sea de paso), por lo que resulta bastante absurdo aplicarle cualquiera de ellos (delante mío, delante mía).

Sé que es un uso muy extendido, especialmente en la lengua oral —mucho más raro en la escrita, siempre más cuidada— pero debe evitarse en todo caso.

Naturalmente, sí se forman con posesivos construcciones semejantes a estas en cuanto a su significado, pero que están formadas con sustantivos, como a mi lado (o al lado mío). En este caso no podría decirse al lado de mí.

jueves, 7 de abril de 2022

Diez errores lingüísticos que no te puedes permitir (1)



Volver a repetir

Si yo «repito» una cosa, la hago nuevamente; si la «vuelvo a repetir» es que la hago una tercera y las sucesivas veces. Parece, sin embargo, que el verbo repetir se ha quedado pequeño y se le acompaña casi siempre del reiterativo volver a.
Cuando una presidenta (o presidente) del Congreso le dice a un diputado le vuelvo a repetir que no está en el uso de la palabra es que ya se lo había dicho al menos dos veces más. Puede que sea menos efectivo (y difícilmente lo es), pero la segunda vez debería haberse limitado a decir le repito que no está en el uso de la palabra.
Esto mismo pasa con sinónimos o términos afines de repetir, como reiterar y reincidir, y otros muchos verbos formados con el prefijo re-, que significa precisamente eso: volver a hacer lo que expresa el verbo al que se antepone, como rehacer, reeditar, reedificar, reorientar, readmitir, etc.


Preveyendo, preveyó

El verbo prever es tremendamente fácil de conjugar. Basta coger el verbo ver y añadirle le prefijo pre-: preveo, prevés, prevé, previendo, previó, prevería... Por tanto, no son aceptables estas formas con ye (o i griega, que se decía antes y se sigue diciendo) que tanto se oyen, probablemente por confusión con el verbo proveer, con el que prever guarda cierta relación semántica.


Líbido

Esta palabra tan freudiana es grave o llana, o sea libido, no esdrújula como tanta veces se pronuncia y aparece en este encabezamiento. Naturalmente, no debe confundirse con el adjetivo lívido, que trato en el siguiente artículo.


Lívido y pálido

Lívido no significa «pálido» como muchos creen, sino «amoratado», referido especialmente al color de la piel por efecto del frío, por enfermedad o por alguna herida. Y no traslademos su acentuación a libido, «deseo sexual».


Cuanto menos

Se emplea con gran frecuencia en los medios de comunicación erróneamente en lugar de cuando menos con el significado de «al menos» o «por lo menos»:

Con el empleo de levofloxacino y moxifloxacino en pautas de cinco días de duración se han comunicado resultados favorables, cuanto menos semejantes a los obtenidos con pautas de diez días de tratamiento con antibióticos betalactámicos (Revista Medicina General, n.º 52; 3/2003).

Por supuesto, cuanto menos está correctamente empleado en expresiones de comparación del tipo cuantos menos vayamos, mas tranquilidad habrá.

No hace falta decir que debe evitarse siempre emplear contra menos (o contra más) en este tipo de frases: *Contra menos vayamos, más tranquilidad habrá.


Indio e hindú

Los habitantes de la India se llaman indios (como los aborígenes de América), y los hindúes son los practicantes del hinduismo. Llamar hindúes a los indios es como llamar cristianos a los españoles (ya pasaron los tiempos de la Reconquista). La Real Academia Española lo ha aceptado recientemente —yo creo que por aburrimiento—, pero los hablantes que pretendan hacer un uso esmerado de su lengua no se lo pueden permitir.


Deleznable

El adjetivo deleznable se aplica a los materiales que se desmoronan o disgregan fácilmente, como el barro por ejemplo, y figuradamente, igual que ocurre con la mayoría de las palabras, a otras cosas que se le podrían comparar de alguna manera. Sin embargo, desde hace mucho tiempo —ya lo habían señalado eminentes lingüistas— se viene usando impropiamente con el significado de «reprobable». No hay motivo para usarlo en este sentido, por más que ya incluya esta acepción el Diccionario de la Academia, lo cual no significa que la recomiende. Propongo, además de la citada reprobable, unas cuantas alternativas más: censurable, execrable, incalificable, condenable, criticable, reprochable, abominable, vituperable, recriminable, ominoso, vitando. Hay para elegir.


Mujeres que son arquitectos y notarios

No veo a estas alturas ninguna necesidad de que estas destacadas profesionales —y otras muchas— firmen sus proyectos y documentos, o se las cite así, en masculino. Entiendo que en ciertas circunstancias nos referimos a ellas no propiamente como personas (me vais a disculpar) sino por su profesión o cargo; pero es igual. El Boletín Oficial del Estado está lleno de firmas de ministras a las que se nombra como «ministras», y estoy seguro de que la sucesora de Felipe VI (si es que llega a serlo) firmará los reales decretos como «reina», como ya hacía en el siglo XV Isabel de Castilla en sus disposiciones legales.


De motu propio

Evítese esta expresión, que no es ni latina ni castellana. La forma correcta, estrictamente latina, es motu proprio (sin preposición y con una erre entre la pe y la i de proprio). Reconozco que suena bastante rebuscada, por eso propongo sustituirla por la nuestra, simple y, en mi opinión, elegante por iniciativa propia.


Kiev

No comprendo el empeño de muchos periodistas, con ocasión de los terribles acontecimientos que estamos viviendo, en cambiar la pronunciación del nombre de la capital de Ucrania. Entiendo que intentan imitar la pronunciación original diciendo Kíef o Kif, pero no hay necesidad de ello. Tenemos en castellano una forma consolidada, tanto en la escritura como en la pronunciación: Kiev, pronunciado en diptongo, con una uve muy ensordecida, casi como efe. Estas son las más recomendables, por el mismo motivo que a nadie se le ocurre llamar a Londres o a París de otra manera, aunque en las lenguas originales del Reino Unido y de Francia se escriban y se pronuncien diferente.

lunes, 4 de abril de 2022

Otra vez sobre leísmo, laísmo y loísmo (segunda parte)

 

En el artículo del 20 de marzo dimos un breve repaso a los conceptos gramaticales de complemento directo, complemento indirecto, verbo transitivo y verbo intransitivo, paso previo necesario para abordar el uso de los pronombres le(s), la(s) y lo(s), y comenzamos tratando el uso impropio de le(s), el denominado «leísmo». Hoy, en la segunda y última entrega sobre este asunto, hablaremos del laísmo y del loísmo.

El laísmo es el uso del pronombre la(s) en función del complemento indirecto. Se produce tanto en verbos transitivos como en intransitivos, y cuando se refiere a personas y a cosas. Es un fenómeno menos frecuente que el leísmo y más propio de la zona central y noroccidental de Castilla. Es muy raro en Andalucía, en Canarias y en Hispanoamérica. No se da en general en la lengua culta, especialmente en la escrita, por lo cual debe evitarse en todos los casos. Veamos algunos ejemplos:

Con verbos transitivos:

La dije que viniera (la es complemento indirecto femenino de persona).

No uses la lavadora, que tienen que arreglarla la puerta (la es c. i. femenino de cosa). 

Debió decirse:

Le dijo que viniera.

No uses la lavadora, que tienen que arreglarle la puerta.  

Con verbos intransitivos:

La gusta mucho la comida asiática (la es complemento indirecto femenino de persona)

                    La falta todavía una mano de pintura a la habitación (la es c. i. femenino de persona) 

Debió decirse:

Le gusta mucho la comida asiática.

Le falta todavía una mano de pintura a la habitación.


El loísmo es el uso impropio de lo(s) en función de complemento indirecto masculino de persona o de cosa, en lugar de le(s), que es el que corresponde a esta función. Es un uso marginal en todo el ámbito hispánico y debe evitarse:

Los dijo que se callaran de una vez (los es complemento indirecto).

Dalo unas cuantas vueltas más (a un tornillo, por ejemplo; lo es c. i.).

Debió decirse:

Les dije que se callaran.

Dale unas cuantas vueltas más.

El laísmo y el loísmo se dan en construcciones en que el hablante no tiene claro si el complemento del verbo es directo o indirecto, para evitar un leísmo que en realidad no existe. Este fenómeno se llama en lingüística ultracorrección, que no es más que caer en un error por temor a cometer otro, hecho que ocurre con más frecuencia de la que puede imaginarse. Estos casos dudosos ya los hemos visto al tratar el leísmo. Los repasamos con algunos ejemplos:

La molesta que lleguemos tarde (sería correcta, en cambio, una frase como Disculpe, no he querido molestarla). Debió decirse Le molesta que lleguemos tarde.

Voy a aprovechar este rato libre para escribirla/lo. Debió decirse Voy a aprovechar este rato para escribirle.

La/lo estaban pegando en la calle. Debió decirse Le estaban pegando en la calle.  

El laísmo y el loísmo son relativamente frecuentes en construcciones formadas por un verbo y un sustantivo, como echar un vistazo, sacar brillo, prender fuego que son percibidas como locuciones verbales (expresiones formados por varias palabras que funcionan como un solo verbo) sin serlo en realidad, y el pronombre se interpreta como complemento directo aunque no lo es. Como en las siguientes frases:

La eché un vistazo, La saque brillo, Lo prendió fuego. Debió decirse Le eché un vistazo, Le saqué brillo, Le prendió fuego. Aquí le es complemento indirecto y un vistazo, brillo y fuego son los complementos directos.

El motivo principal por el cual se cometen errores en el uso de los pronombres le(s), la(s) y lo(s) es que el hablante no está seguro de si el complemento verbal es directo o indirecto. Al hablar aplicamos inconscientemente las reglas de la gramática, y generalmente de modo correcto; sin embargo, en algunos casos de uso de estos pronombres, es necesario un instante de introspección sobre la propia competencia lingüística y, si persisten las dudas, conviene acudir a fuentes de información fiables que nos las puedan aclarar. Yo recomiendo vivamente la consulta del Diccionario panhispánico de dudas, elaborado por la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española, accesible gratuitamente en línea, que trata este problema con claridad y rigor para un buen número de verbos de uso habitual. Además, el Diccionario del español actual, de Manuel Seco, y el Diccionario de uso del español, de María Moliner, indican en la definición de los verbos los complementos con los que se construyen, lo cual nos permite distinguir los verbos transitivos de los intransitivos, y el complemento directo del indirecto en cada uno de ellos.

Quizá se trata solo un gusto personal, pero estoy convencido de que el ejemplo posee las más de las veces una fuerza didáctica muy superior a la de cualquier explicación teórica por muy rigurosa o clara que nos parezca. Creo que sería muy útil —como una especie de recordatorio o vadémecum— traer aquí la lista completa de las frases empleadas como ejemplo en estas dos últimas entradas, con unas notas muy breves de valoración normativa. Aquí va:

Ayer conocí a tu amigo Luis y le he vuelto a ver hoy en el supermercado.
Leísmo admisible por estar referido a personas de sexo masculino.
Están tan cambiados sus hermanos que ya no les reconozco.
Leísmo admisible por estar referido a personas de sexo masculino, menos frecuente que en singular.
Le considero una mujer muy competente.
Incorrecto.
A tus amigas les conozco desde hace tiempo.
Incorrecto.
La considero una mujer muy competente.
Correcto.
A tus amigas las conozco desde hace tiempo.
Correcto.
El enchufe no tenía nada. Le han arreglado en un momento.
Incorrecto.
Los llevas cuando puedas a la biblioteca (los libros).
Correcto. 
El empleado no ha querido molestarla, pero la señora se ha quejado a su superior.
Correcto. Uso transitivo de un verbo de influencia psíquica.
A mi madre le molesta mucho la música tan alta.
Correcto. Uso intransitivo de un verbo de influencia psíquica.
¿Me permite que le acompañe? (a usted).
Leísmo de cortesía. Admisible referido a personas de ambos sexos.
¿Me permite que lo/la acompañe? (a usted).
Correcto.
Se le abre pulsando pulsando este botón (el capó de un coche).
Leísmo admisible en construcciones impersonales.
Se la ve más al otro lado del puente.
Correcto.
Se le ve más al otro lado del puente.
Leísmo admisible en construcciones impersonales referido a personas de sexo masculino; no recomendable referido a personas de sexo femenino.
Le ordenó venir inmediatamente.
Correcto (referido a personas de ambos sexos).
Le pidió que fuera puntual.
Correcto (referido a personas de ambos sexos).
Les propuso ir de viaje.
Correcto (referido a personas de ambos sexos).
La convenció de que vendiera el piso.
Correcto.
Las animó a que vinieran a la excursión.
Correcto.
Lo autorizó a pasar.
Correcto.
Lo dejo entrar sin problemas.
Correcto.
Los obligó a que abandonaran la sala.
Correcto.
La vi llegar.
Correcto.
Lo oí entrar.
Correcto.
Le oí entrar.
Leísmo admisible referido a personas de sexo masculino.
Una vez le vi arreglar la persiana.
Leísmo admisible porque el infinitivo tiene complemento directo.
Si ves a María Antonia, salúdale de mi parte.
Incorrecto.
Si ves a María Antonia, salúdala de mi parte.
Correcto.
La dije que viniera
Incorrecto.
No uses la lavadora, que tienen que arreglarla la puerta.
Incorrecto.
Le dijo que viniera (a María).
Correcto
No uses la lavadora, que tienen que arreglarle la puerta.
Correcto.
La gusta mucho la comida asiática.
Incorrecto.
La falta todavía una mano de pintura a la habitación.
Incorrecto.
Los dijo que se callaran de una vez.
Incorrecto.
Dalo unas cuantas vueltas más (a un tornillo).
Incorrecto.
Les dije que se callaran (a sus amigas).
Correcto.
Dale unas cuantas vueltas más (a un tornillo).
Correcto
La molesta que lleguemos tarde.
Incorrecto. Uso intransitivo de un verbo de influencia psíquica.
Voy a aprovechar este rato libre para escribirla/lo.
Incorrecto.
Voy a aprovechar este rato para escribirle.
Correcto (referido a personas de ambos sexos).
La/lo estaban pegando en la calle.
Incorrecto.
Le estaban pegando en la calle.
Correcto (referido a personas de ambos sexos).
La eché un vistazo.
Incorrecto.
La saque brillo.
Incorrecto.
Lo prendió fuego.
Incorrecto.
Le eché un vistazo.
Correcto.
Le saqué brillo.
Correcto.
Le prendió fuego.
Correcto.


domingo, 20 de marzo de 2022

Otra vez sobre leísmo, laísmo y loísmo (primera parte)


En un graciosísimo librito publicado hace algunos años para consumo interno por el Departamento de Español al Día, de la Real Academia Española, en el que se incluía una selección de consultas entre simpáticas, absurdas o simplemente chocantes formuladas al departamento, un airado consultante solicitaba ayuda a la Academia sobre el uso de los pronombres le, la y lo en estos términos (resumo):

«Quiero información sobre el leísmo y loísmo a ver si es posible un método o sistema que me aclare... Realmente es un problema y no me vengan con lo del complemento indirecto, que eso ya lo sé».

Tiene razón el consultante en que es un problema complejo y que dista de estar solucionado; yo diría que se ha transformado de un tiempo a esta parte y en algunos aspectos está empeorando. Sin embargo –lo lamento–, para empezar a entenderlo, hay que tener claro «lo del complemento directo y el indirecto». Trataremos en este artículo del uso impropio de le(s), el leísmo, y dejaremos para una segunda entrega el que se refiere a los pronombres la(s) y lo(s), es decir, el laísmo y el loísmo.

Repasemos algunos conceptos gramaticales básicos antes de entrar propiamente en materia. Intentaré que sean los mínimos imprescindibles.

El complemento directo es una función sintáctica que completa el significado de un verbo transitivo. Es un complemento requerido por el significado léxico de dicho verbo, aunque, como veremos más adelante, puede no estar expreso. Por ejemplo, en las frases María ha encontrado trabajo, Ya se ha comprado el libro de matemáticas Busca a su madre, los sintagmas trabajo, el libro de matemáticas y a su madre son complementos directos exigidos por los verbos encontrar, comprar y buscar respectivamente. El complemento directo puede ser un sintagma nominal, un sintagma preposicional introducido por a o un elemento que se comporte como tal, especialmente un pronombre: Mi hermano ha alquilado un piso el mes pasado. Conoció a tu hermana en la excursión. Lo ha comprado en una tienda del barrio. También puede ser una oración que funciona como un sintagma nominal: Quiero que vengas conmigo al cine. Ignoro si llegará a tiempo. Hace cuanto quiere.

El complemento indirecto es una función sintáctica que se da tanto en verbos transitivos (los que exigen complemento directo) como en los intransitivos (los que no lo admiten). Expresa normalmente el destinatario o beneficiario de la acción verbal, o el experimentador de una sensación o sentimiento: Le ha regalado un ordenador a su padre. Le gustan mucho los frutos secos. El complemento indirecto puede ser un sintagma preposicional introducido por a o un pronombre personal (a su padre y le en los ejemplo que acabamos de ver).
También los complementos indirectos suelen estar exigidos por el tipo de acción expresada por el verbo. Unos presentan la estructura característica verbo transitivo + complemento directo + complemento indirecto; como los verbos de lengua (contar, decir, explicar, preguntar): Le (c. i.) explicó los motivos (c. d.) a su padre (c. i.). (Obsérvese que en este ejemplo y otros posteriores que se duplica el complemente indirecto; puede parecer innecesario, pero así son estas construcciones en español). Otros verbos expresan que un sujeto transfiere algo a un destinatario (comprar, dar, entregar, enviar, llevar prestar, vender): Le (c. i.) ha vendido el piso (c. d.) a su primo (c. i.) Otro grupo de construcciones son las formadas por verbo intransitivo + complemento indirecto. Muchos de estos verbos expresan sentimientos o sensaciones (gustar, agradar, alegrar, encantar): Le (c. i.) gusta ir al cine los días de diario. Otros indican que cierta cosa se asigna a alguien o algo (atañer, concernir, competer, corresponder, incumbir): La vida privada de María no te (c. i.) incumbe.

Pues bien, como ya he dicho antes, el complemento directo y el complemento indirecto pueden estar expresados por pronombres personales. Cuando se usan con estas funciones,  los pronombres de primera y de segunda persona (me, te, se, no, os) no muestran especiales problemas para los hablantes de español. La cuestión es bien diferente cuando se trata de los de tercera persona, tanto en singular como en plural (le, les, la, las, lo, los).

El uso normativo de los pronombres de tercera persona en relación con las funciones de complemento directo e indirecto sería el siguiente:

Para complemento directo:
Masculino singular: lo
Masculino plural: los
Femenino singular: la
Femenino plural: las
Para complemento indirecto:
Masculino y femenino singular: le
Masculino y femenino plural: les

El uso impropio de estos pronombres, con diferente grado de aceptabilidad según los casos, es lo que se llama leísmo, laísmo y loísmo. En esta primera entrega abordaremos el leísmo. Vamos allá.

El leísmo es el uso le o les en función de complemento directo. Hay tres tipos de leísmo:

Leísmo de persona masculino. Es el uso de le(s) como complemento directo referido a personas de sexo masculino. Es un uso muy extendido entre hablantes cultos, incluso en los textos escritos, y, por tanto, no se considera incorrecto. Por ejemplo:

Ayer conocí a tu amigo Luis y le he vuelto a ver hoy en el supermercado.

No es frecuente en plural, y es menos recomendable:

Están tan cambiados sus hermanos que ya no les reconozco.

Leísmo de persona femenino. Es el uso de le(s) como complemento directo referido a personas de sexo femenino. Salvo en construcciones muy específicas, se considera incorrecto:

Le considero una mujer muy competente.
A tus amigas les conozco desde hace tiempo.

Debería ser:

La considero una mujer muy competente.
A tus amigas las conozco desde hace tiempo.

Leísmo de cosa. Es el uso de le(s) como complemento directo referido a cosas. Se considera incorrecto.

El enchufe no tenía nada. Le han arreglado en un momento.
Quédate tú con los libros. Les llevas cuando puedas a la biblioteca.

Debería ser:

Lo han arreglado en un momento.
Los llevas cuando puedas a la biblioteca.

Hasta aquí, con los ejemplos propuestos, la cosas parecen estar bastante claras y las explicaciones aportadas abarcan gran número de casos. Sin embargo, no siempre es así:
   
    1.º Verbos como  asombrar, asustar, convencer, molestar y otros que expresan influencia psíquica en alguien a veces funcionan como transitivos y, otras veces, como intransitivos, sin que se perciba nítidamente un cambio de significado. Este hecho influye a la hora de elegir uno u otro pronombre. Observemos esta dos frases:

El empleado no ha querido molestarla, pero la señora se ha quejado a su superior.
A mi madre le molesta mucho la música tan alta. 

Ambas son perfectamente válidas. En la primera, el verbo molestar está funcionando como transitivo y su complemento directo es (y debe ser) la. En la segunda, se ha empleado el verbo molestar como intransitivo y, por lo tanto, deber usarse el pronombre le como complemento indirecto, que vale tanto para el masculino como para el femenino.  Puede decirse, en general, que cuando el sujeto de la frase  (aquí el empleado) es un ser animado y se considera agente de la acción, el verbo tiende a ser transitivo y requiere complemente directo, por tanto deben usarse las formas del pronombre propias para esta función. Si el sujeto (la música tan alta) es inanimado y no se considera un agente directo, el verbo tiende a ser intransitivo. Se puede consultar una lista más completa de este tipo de verbos desde este enlace.

    2.ª En el llamado «leísmo de cortesía» se emplean le(s) cuando se refiere a personas, tanto del sexo masculino como femenino, a quienes se trata de usted. Es un caso de leísmo muy generalizado y aceptable:

¿Me permite que le acompañe? (dirigiéndose a un hombre o a una mujer).

No obstante, también se emplean la formas propias de complemente directo:

¿Me permite que lo/la acompañe?

    3.ª En las oraciones impersonales que se forman con se, es habitual usar le(s) en función de complemento directo, referido tanto a personas como a cosas, especialmente en masculino:

Se le abre pulsando pulsando este botón (referido al capó de una coche).

Algunos hablantes emplearía lo, conscientes de que se trata de un complemento directo, pero para otros resultaría disonante (entre los que me incluyo). En femenino es más habitual usar la(s), aunque no sería raro encontrar le(s):

Se la ve más al otro lado del puente.
Se le ve más al otro lado del puente (referido a un mujer).

    4.º En  ciertas oraciones que incluyen un verbo con los pronombres le(s) o lo(s), la(s) y una construcción con verbo en infinitivo o introducida por que, se sigue la regla general, pero son objeto de frecuentes dudas.

    a) En frases como las siguientes el pronombre es complemento indirecto y la construcción con infinitivo o la introducida por que es complemento directo; por tanto, debe usarse le(s), tanto para el masculino como para el femenino:

Le ordenó venir inmediatamente.
Le pidió que fuera puntual.
Les propuso ir de viaje.

    b) Sin embargo, en estas otras el complemento directo es el pronombre porque la construcción con infinitivo o la precedida de que están introducidas por preposición. Se usan, entonces, lo(s) o la(s):

La convenció de que vendiera el piso.
Las animó a que vinieran a la excursión.
Lo autorizó a pasar.
Los obligó a que abandonaran la sala.

    En las tres últimas frases también sería admisible le(s) cuando se refieren a personas del sexo masculino.

    c) En las siguientes construcciones con el verbo ver y oír, el pronombre es complemento directo. Se usan por tanto las formas correspondientes a esta función:

La vi llegar.
Lo/le oí entrar.

    No obstante, cuando el infinitivo es un verbo transitivo que lleva complemento directo, es habitual y admisible usar el pronombre como complemento indirecto:

Una vez le vi arreglar la persiana.

    5.º Hay muchos verbos que se construyen con complemento directo de cosa y complemento indirecto de persona; por ejemplo, Escribí una carta (c. d.) a mi madre (c. i.). En algunos casos, el complemento de cosa se puede omitir, pero el de persona sigue siendo indirecto. Tomando el mismo ejemplo, si lo sustituyéramos por un pronombre, debería decirse Le escribí y no La escribí.


    
6.º Un grupo de verbos, entre los que se encuentran ayudar u obedecer, que tradicionalmente eran intransitivos y se construían con complemento indirecto, están pasando a ser verbos transitivos y este este el uso más consolidado hoy. Así pues deben construirse preferiblemente con los pronombre la(s), lo(s) o le(s) en función de complemento directo.

Finalmente, me gustaría llamar la atención sobre un tipo de leísmo incorrecto que se está extendiendo entre locutores de radio y televisión; y conocemos muy bien la influencia que ejercen los medios de comunicación oral en la generalidad de los hablantes. Se trata del uso del pronombre le(s) referido a personas del sexo femenino en construcciones que no ofrecen especiales dificultades. Como en:

Si ves a María Antonia, salúdale de mi parte.

Debió decirse:

Si ves a María Antonia, salúdala de mi parte.

Es difícil saber cuáles son la motivaciones de este uso, en cierto modo novedoso. Es posible que esté actuando inconscientemente el leísmo de cortesía, del que hemos hablado antes, o que predomine la tendencia a no caer en el laísmo, fenómeno que, aunque está muy extendido en la lengua hablada, se siente como claramente incorrecto, incluso vulgar (La dije que viniera).

Hasta aquí la primera parte sobre el uso de los pronombres le(s), la(s) y lo(s), que se ha centrado en el leísmo, un fenómeno complejo que plantea con frecuencia dificultades entre los hablantes de español y que, por supuesto, no se agota con las explicaciones que aquí se han dado. En la segunda y última entrega sobre este tema hablaré sobre el laísmo y el loísmo, que tienen unos perfiles más nítidos que el leísmo. Añadiré algunas orientaciones finales e información sobre fuentes de fácil de acceso a las que se puede acudir en caso de duda (cosa que hago con frecuencia). De momento animo a todos a dirigir la mirada —en este y en otros temas— hacia su propio uso lingüístico para hacerlo cada vez más consciente y preciso, más comprometido con la corrección. Si este artículo sirve para eso, misión cumplida.